José Lezama Lima

CUBA

  • Fecha de nacimiento

    19 de diciembre de 1910

    Ciudad de nacimiento

    La Habana

    Fecha de defunción

    9 de agosto de 1976

    Ciudad de defunción

    La Habana

  • En proceso de documentación.

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Fragmentos de “Muerte de Narciso”

De Muerte de Narciso (1937)

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño en que su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

[…]

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.

Si declama penetra en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

Madrigal

De Enemigo rumor (1941)

El tallo de una rosa se ha encolerizado con las avispas

que impedían que su cintura fuese y viniese con las mareas

cuando estaba tan tranquila en las graderías de un templo

y un marinero llamado por la palabra marea

se ha unido a los clamores de alfileres sin sueño

y le ha dado un fuerte pellizco al tallo de una rosa

lo que no merecía lo que no alcanzaba en su sonrisa

en su cítara en su respiración tornasolada

la cólera de un marinero

mil manos que se alzaban en el remedo de un beso

en esta pirámide de besos

para que en lo alto más despacio más pañuelo más señorita

una rosa una rosa

que no puede aislar ni unas cuantas avispas encolerizadas

que la han vencido que se le han pegado tenazmente a los flancos

y ya son ramita entre dos recuerdos.

Desconchamiento de lunas que no vienen

sus escamas de otoño

pero el niño que se ha quedado detenido frente a los encantamientos

de un caballo blanco

se apresura en su dulce memoria de lunares

a evocar sus regalos para ingresar en la nieve

entre dos recuerdos de aire pulsado entre dos conchas

que recorren un hilo de sienes de sien a sien

como entre dos recuerdos

un dedo besado atormentado desnudado

una muchedumbre de Perseos enlunados

que esperan a los más crecidos cazadores de medianoche

porque ha llegado el día que no se alcanza con media docena de cítaras

redondas espinas siempre festón de nieve enhebrado

que se adelantan con la crecida del aire

de dos conchas entre dos recuerdos

entrecortados silbidos en las graderías de un templo

hasta el instante en que es la sangre de hoy

hojas del recuerdo en las ventanas de las joyerías

ojos que miran cómodamente la avispa mordiendo el tallo de una rosa

para negártelo en el aire guante fronda lenta flauta

la misma rosa que ha inclinado su frente para recoger tu pañuelo

y esconderlo hasta que pasen los cazadores de medianoche.

Noche dichosa

De La fijeza (1949)

La choza a la orilla del mar por una noche ha guardado el cuerpo desnudo del pescador solitario. El sueño ha sido inquieto, pero esa no abandonada realidad del pincel de lince acompaña como un paño de rocío. Sus vueltas en la colcha acompañante se debían a las claras etapas del fuego moviente, que aún en el sueño aseguraban la suprema dignidad del movimiento. Al destellar sus ojos, ya su cuerpo se levantaba del lecho: buena manera de contestar al rayo de luz con el movimiento del cuerpo. Ahora su cuerpo está ya entre las ondas y el siniestro fanal de la enemiga orilla ondula como los caprichos de la bestia enemiga. En sucesivas conversaciones con los peces dormidos su cuerpo avanza riéndose de sus reflejos. Un brazo, una pierna, pero siempre el cuerpo como una señal perseguida termina en una dignidad perpetua. ¿Cómo el cuerpo al salir del sueño y de la choza ya ha podido estar listo para la definición temblorosa de la corriente? Cuando llega la tierra sigue silenciosa y nocturna, pero el peregrino la toca con su frente y su señal perseguida, y en acompasada curva su cuerpo ya se apresta a seguir al fanal de la orilla dejada. El silencio de su cuerpo acompañado del canto de los peces, de la sangre acurrucada de los acordones de coral y de los árboles de luciérnagas que se allegan a la orilla para tocar el cuerpo del pescador solitario. Y los árboles tanto como a un hombre parecen saludar a la amistad del perfume de las cortezas colorantes. Ha penetrado de nuevo en la choza de la orilla, pero ahora la ha encontrado toda iluminada. Su cuerpo transfundido en una luz enviada parece manifestarse en una Participación, y el Señor, justo y benévolo, sonríe exquisitamente. Pero el pescador no interrumpe su alegría en la Presencia, lanza un curvo chorro de agua, reminiscencia de amor a la enemiga orilla y a la choza benévola, y nos dice: ¿Qué ha pasado por aquí?

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