Germán Pardo García

COLOMBIA

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Poderíos

De Poderíos (1937)

Cuando mi sangre esclava deje de moverse

como una onda ciega en torno de mí mismo,

y mis arterias fluyan de sus cauces;

cuando ya no me encuentre con mi presencia,

como un hombre con su sombría imagen

proyectada en la amargura de un espejo;

cuando lance las sílabas de mi nombre

contra la soledad,

con la fuerza de un grito,

y mi nombre se despedace

y no regrese entre los ecos nunca;

cuando todos los caminos que descienden

desde mis poderíos hacia el mundo,

no me devuelvan más la sombra de mi sombra;

y cuando mi conciencia deje de cavar

por dentro sus oscuras galerías,

como larva sepulta en los recintos

helados de un madero,

entonces hallaré las claras vías

que están en mí como en las montañas

hay sendas que conducen a la luz,

y por allí he de irme a contemplar

la desnuda presencia de las cosas;

la maravilla unánime del mundo

y el corazón activo de los hombres.

Pero todas mis sendas se devuelven

y en mi unidad sus números confunden.

Caminos que no avanzan, vías de asolación

por donde todo paso retrocede.

Mientras afuera, sobre el mundo, hay pájaros

en las frutales ramas del estío,

dentro de mi una angustia de alas prisioneras

se agita sin cesar contra los muros

que amparan la tiniebla de mi espíritu.

Y me persigue el duelo de mi nombre,

con la impiedad de un látigo

que azota las espaldas de un esclavo desnudo.

Quiero salir al triunfo de la vida;

tremolar mis recónditas banderas,

escapar de mis crueles poderíos,

y me retiene mi fatal imagen

multiplicada en lóbregos espejos.

¡Y todos mis caminos se disuelven!

¡Y mi conciencia cava galerías!

¡Y estoy en mí desde hace muchos siglos!

¡Desde antes de existir,

desde antes de flotar

en las eternidades, incorpóreo!

¡Y no hay nada que alumbre ni que rompa

los claustros de mis cárceles sombrías!

Espejos en la sombra

De Labios nocturnos (1965)

Espejos eclipsados en la noche

desnuda ante vosotros comparece

la verticalidad de mi estatua.

De rodillas inclino mi tristeza

y las clavijas de las manos hundo

en lentitud en mi borrosa carne,

que así en la oscuridad se difumina.

Vuestro azogue sin luz me reproduce

tantas veces el rostro, que os pregunto:

¿qué corazones soy y cuántas almas?

Acerco el candelabro a vuestras lunas

y me quedo auscultando mi presencia,

palpándome con todos los sentidos,

como sólo se ven los que descubren

su fría identidad en la penumbra.

Me circundáis sumisos sin que falte

ninguno de los físicos relieves.

Aquí estoy con tendones y cartílagos,

el triángulo musgoso de los muslos

y a los pies las figuras de la danza.

Si alguien me contemplara en este instante

bajo la intimidad de este recinto,

¿me amaría tal vez como en la sombra

los brazos del vitral giran engañándome,

o me abandonaría temeroso,

cual intento alejarme fugitivo?

Espejos de la noche que diuturnos

reflejáis mi persona y la presencia

de su deshabitada compañía:

retenedme un segundo y que la imagen,

duplicada, se quede en este molde

prisionero en las órbitas de vidrio.

Asistidme en el trance en que despojo

mi cuerpo de pudor y vestidura

y mostrad lo que soy, sin un engaño,

desnudo ante mis propios atributos,

mientras la boca, ¡la insaciada boca!

se aproxima a vosotros, y a sí misma

sobre el granizo del cristal vidente,

con sus labios agónicos se besa.

Amantes en la noche

De Labios nocturnos (1965)

Noche licuante y a la vez tan densa.

¿Has visto cómo nos demuda el rostro

cuando en la oscuridad nos encontramos?

Hay un matiz cutáneo que destiñe

la sensibilidad de nuestros rostros,

y mis labios nocturnos te preguntan:

¿Cómo te llamas? Y tu voz responde

como si fuera el eco de sí misma:

¿Quién eres? ¡Ah, los dos nos ignoramos

bajo esta oscuridad que nos separa

y a la vez misteriosa nos concilia!

Tienes miedo de mí, yo tengo miedo

de tus labios, del musgo de tus sienes,

del frío movimiento de tu traje,

de incitar tu quietud próxima al éxtasis,

de los cisnes que vagan en tus lágrimas

y de la suavidad de tus arrullos.

Vamos por el jardín y recelosos

nuestros labios se besan y preguntan:

¿Quién eres? Y es tu voz la que reclama,

Y ¿quién eres? mis labios te suplican.

¡Oh dolor de ignorar lo que sabemos!

¡Oh certeza fallando en los augurios!

¡Oh ausencias y cercanas lejanías

que el amor embellece en el espíritu!

¡Oh partir de nosotros sin movernos!

¡Oh quietud de las manos que se buscan!

¡Oh noche cautelosa que aglutinas

con laxitud amargos sedimentos!

¡Oh noche medular como las vértebras

que viven en nosotros amarillas!

¡Callamos nuestros nombres y sabemos

sus sonidos sinfónicos y letras!

¡Escondemos la faz bajo tus máscaras,

y buscamos el rostro que perdimos!

¡Amor mío! me dices. Y ¡amor mío!

mis palabras idénticas suspiran.

Y nos unge la luna y nuestros labios

palpitan como pétalos nocturnos.

iAmor mío, amor mío! Y no sabemos

qué es el amor y hablamos sin oírnos

desde unas profundísimas distancias.

¡Deshójame tus labios!, te murmuro.

¿O es la niebla que finge comisuras?

¡Amor mío, amor mío! Y nuestras voces

incoloras ondulan y decrecen

cual músicas y brisas. ¡Amor mío

¡Amor mío! Y se teme que en nosotros

es dolor alejándose entre lágrimas.

¡Oh noche que divides nuestras manos

aunque estén por sus músculos atadas!

Extingues el color de nuestros rostros

que se ven a sí mismos asediándose.

Nos llenas de agonía ante los goces.

Nos llevas por jardines que cintilan

desasidos del polvo y en el aire.

Transfiguras el cuerpo y lo refractas

arcano y diferente, si desnudo.

Nosotros, los amantes en la noche,

fugitivos del fuego que adoramos.

Con la luz en la piel y sofocándola.

Con la carne acoplada y desunidos.

Llamándonos en sombras: ¡amor mío!

Clamando sin cesar: ¿cómo te llamas?,

y volviendo a exclamar ¿cómo te llamas?

Hasta que al fin se apagan nuestros labios

y sus alucinantes juramentos

de amarnos sin temor hasta el sepulcro.

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