Gabriela Mistral

CHILE

Consultar poemarios en catálogo

La flor del aire

De Tala (1938)

A Consuelo Saleva

Yo la encontré por mi destino,

de pie a mitad de la pradera,

gobernadora del que pase,

del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: "Sube al monte.

Yo nunca dejo la pradera,

y me cortas las flores blancas

como nieves, duras y tiernas".

Me subí a la ácida montaña,

busqué las flores donde albean,

entre las rocas existiendo

medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,

la hallé a mitad de la pradera,

y fui cubriéndola frenética,

con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,

ella me dijo: "Tú acarrea

ahora sólo flores rojas.

Yo no puedo pasar la pradera".

Trepé las peñas con el venado,

y busqué flores de demencia,

las que rojean y parecen

que de rojez vivan y mueran.

Cuando bajé se las fui dando

con un temblor feliz de ofrenda,

y ella se puso como el agua

que en ciervo herido se ensangrienta.

Pero mirándome, sonámbula,

me dijo: "Sube y acarrea

las amarillas, las amarillas.

Yo nunca dejo la pradera”.

Subí derecho a la montaña

y me busqué las flores densas,

color de sol y de azafranes,

recién nacidas y ya eternas.

Al encontrarla, como siempre,

a la mitad de la pradera,

segunda vez yo fui cubriéndola,

y la dejé como las eras.

Y todavía, loca de oro,

me dijo: "Súbete, mi sierva,

y cortarás las sin color,

ni azafranadas ni bermejas”.

"Las que y yo amo por recuerdo

de la Leonora y la Ligeia,

color del Sueño y de los sueños.

Yo soy Mujer de la pradera”.

Me fui ganando la montaña,

ahora negra como Medea,

sin tajada de resplandores,

como una gruta vaga y cierta.

Ellas no estaban en las ramas,

ellas no abrían en las piedras

y las corté del aire dulce,

tijereteándolo ligera.

Me las corté como si fuese

la cortadora que está ciega.

Corté de un aire y de otro aire,

tomando el aire por mi selva...

Cuando bajé de la montaña

y fui buscándome a la reina,

ahora ella caminaba,

ya no era blanca ni violenta.

Ella se iba, la sonámbula,

abandonando la pradera,

y yo siguiéndola y siguiéndola

por el pastal y la alameda.

Cargada así de tantas flores,

con espaldas y mano aéreas,

siempre cortándolas del aire

y con los aires como siega...

Ella delante va sin cara;

ella delante va sin huella,

y yo la sigo todavía

entre los gajos de la niebla.

Con estas flores sin color,

ni blanquecinas ni bermejas,

hasta mi entrega sobre el límite,

cuando mi Tiempo se disuelva...

La dichosa

De Lagar (1954)

A Paulina Brook

Nos tenemos por la gracia

de haberlo dejado todo;

ahora vivimos libres

del tiempo de ojos celosos;

y a la luz le parecemos

algodón del mismo copo.

‍ ‍

El Universo trocamos

por un muro y un coloquio.

País tuvimos y gentes

y unos pesados tesoros,

y todo lo dio el amor

loco y ebrio de despojo.

‍ ‍

Quiso el amor soledades

como el lobo silencioso.

Se vino a cavar su casa

en el valle más angosto

y la huella le seguimos

sin demandarle retorno...

‍ ‍

Para ser cabal y justa

como es en la copa el sorbo,

y no robarle el instante,

y no malgastarle el soplo,

me perdí en la casa tuya

como la espada en el forro.

‍ ‍

Nos sobran todas las cosas

que teníamos por gozos:

los labrantíos, las costas,

las anchas dunas de hinojos.

El asombro del amor

acabó con los asombros.

‍ ‍

Nuestra dicha se parece

al panal que cela su oro;

pesa en el pecho la miel

de su peso capitoso,

y ligera voy, o grave,

y me sé y me desconozco.

‍ ‍

Ya ni recuerdo cómo era

cuando viví con los otros.

Quemé toda mi memoria

como hogar menesteroso.

Los tejados de mi aldea

si vuelvo, no los conozco,

y el hermano de mis leches

no me conoce tampoco.

‍ ‍

Y no quiero que me hallen

donde me escondí de todos;

antes hallen en el hielo

el rastro huido del oso.

El muro es negro de tiempo

el liquen del umbral, sordo,

y se cansa quien nos llame

por el nombre de nosotros.

‍ ‍

Atravesaré de muerta

el patio de hongos morosos.

El me cargará en sus brazos

en chopo talado y mondo.

Yo miraré todavía

el remate de sus hombros.

La aldea que no me vio

me verá cruzar sin rostro,

y sólo me tendrá el polvo

volador, que no es esposo.

La abandonada

De Lagar (1954)

A Emma Godoy

Ahora voy a aprenderme

el país de la acedía,

y a desaprender tu amor

que era la sola lengua mía,

como río que olvidase

lecho, corriente y orillas.

¿Por qué trajiste tesoros

si el olvido no acarrearías?

Todo me sobra y yo me sobro

como traje de fiesta para fiesta no habida;

¡tanto, Dios mío, que me sobra

mi vida desde el primer día!

Denme ahora las palabras

que no me dio la nodriza.

Las balbucearé demente

de la sílaba a la sílaba:

palabra "expolio", palabra "nada",

y palabra "postrimería",

¡aunque se tuerzan en mi boca

como las víboras mordidas!

Me he sentado a mitad de la Tierra,

amor mío, a mitad de la vida,

a abrir mis venas y mi pecho,

a mondarme en granada viva,

y a romper la caoba roja

de mis huesos que te querían.

Estoy quemando lo que tuvimos:

los anchos muros, las altas vigas,

descuajando una por una

las doce puertas que abrías

y cegando a golpes de hacha

el aljibe de la alegría.

Voy a esparcir, voleada,

la cosecha ayer cogida,

a vaciar odres de vino

y a soltar aves cautivas;

a romper como mi cuerpo

los miembros de la "masía"

y a medir con brazos altos

la parva de las cenizas.

¡Cómo duele, cómo cuesta,

cómo eran las cosas divinas,

y no quieren morir,

y se quejan muriendo,

y abren sus entrañas vívidas!

Los leños entienden y hablan,

el vino empinándose mira

y la banda de pájaros sube

torpe y rota como neblina.

Venga el viento, arda mi casa

mejor que bosque de resinas;

caigan rojos y sesgados

el molino y la torre madrina.

¡Mi noche, apurada del fuego,

mi pobre noche no llegue al día!

Anterior
Anterior

Francisco Casas Silva

Siguiente
Siguiente

Germán Pardo García