Amanda Castro

HONDURAS

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IX

De “Ars Poética”, Quizás la sangre (1997)

Aguardándote en el silencio de la noche

aún no puedo pronunciarte de corrido

se me descascaran estas palabras inútiles

en la mitad del día

como si algo pequeñito pero vital

me brotara de las sienes a los labios a los dedos

y al papel

Cada cosa que tengo está ya nombrada

o la nombro

en tu nombre

como inválidos helechos

que jamás dejan el río

Cada cosa que digo eres tú

y cuando hablo de Honduras

te invoco

amplia ancha

dolida pálida y dolorosa

y las palabras se me escapan como éstas

III

De Poemas de amor propio y de propio amor (1990)

Esta rabia tiene la validez del sol

la precisión del brote de un helecho

la claridad de una ceguera que se agota

Esta rabia de hoy es

el despertar

de mi respeto

de mi vuelo pasajero y preciso

de mi

palabra —mujer.

IX

De “De suicidios y rupturas…”, Quizás la sangre (1997)

Cómo se atreven a decir

que soy la mierda del mundo

que se quemará en el infierno

por amarte

mujer

Si ellos

que decían tener el verdadero derecho de poseerte

inventaron la picana

para tu vientre

te mantuvieron preñada en una cárcel

para vender tu hijo a un hombre rico

te acusaron de estar loca

porque buscabas a tu hijo en las plazas

y en las veredas

Cómo se atreven a decir

que Dios jamás habrá de bendecir

mi unión

a esta otra mujer

que jamás me levantó una mano

que después de mil hombres

fue la única que me enseño a reír

“—como un animal que ha sido puesto en libertad—”

Esta mujer

que es un espejo

Nosotras jamás lanzamos una bomba

Ni en el nombre de DIos

Ni de la raza

Ni de la patria

Y menos

de la revolución

Nosotras

Escuchamos en la sangre

su brutal eco subterráneo

Nosotras nunca dijimos

“quémenlas por traidoras”

ni arrojamos la primera piedra

Nosotras

ni siquiera nos atrevimos

a gritarles a la cara

que la mierda del mundo

la parieron ellos

con su “verdad divina”

a Gloria Anzaldúa

De El paso de la muerte (2006)

—poema para una mujer

famosamente desconocida—

Me impresionó

su voz

hará unos quince años

explicándonos en la catedral de la enseñanza

por qué había de hablar

del color y las mujeres

y de nuestra sexualidad

para traspasar los bordes

como quien se sienta en la verja

o se cruza la malla

—al otro lado de las cosas—

Nos enseñó a todas

con su punzante dedo en la llaga

y la ternura en las palabras

un pasado ancestral

que nos marca y nos ubica

desubicándonos en esta especie

Me impresionó el color de su piel

descubriéndose en la mía

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