Alfonso Chase
COSTA RICA
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Fecha de nacimiento
19 de octubre de 1944
Ciudad de nacimiento
Cartago
Fecha de defunción
(Vive)
Ciudad de defunción
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XIII
De Árbol del tiempo (1967)
De piedra en piedra y de palabra en palabra
voy construyendo puntos de partida.
No hay tiempo, sueño, cuerpo, aurora.
No he existido, tú no existes.
No ha habido mar, crepúsculo,
ciudad momificada y silenciosa
temblando en medio de las sombras,
ni fértiles paisajes abonando tus ojos y los míos.
No he venido. No he escuchado las palabras del homenaje,
ni he visto pupilas alargándose de asombro
porque había de partir.
No he existido. Nada existe.
Se despeña el silencio sobre el cuerpo,
el tuyo, el mío, nada importa,
soy sólo superficie, tú eres fondo,
orgulloso nacer de fértiles cuerpos, parpadeo
de horror en el momento en que las chicharras estallan
sobre el aire.
Nada existe, ya no existo, no he nacido.
Soy silencio derrumbado hacia el silencio,
obediencia ciega, memoria desprendida
que va y se regresa hacia el asombro.
Preparación para el olvido. Canta el agua.
Los poemas (3)
De Piélagos (2017)
Solo dos sombras
proyectadas en una sola imagen
que no se sacia de palabras,
pensamientos o murmullos.
El uno salta sobre el pecho del otro,
levanta torres
y escudriña
y se desliza como música entre el agua
y en transparentes palabras es el aire.
Nadie sabe sus nombres
y resbalan por la vida como el viento.
Un muchacho, otro muchacho.
Intercambian soledades
en el agua secreta
de sus ojos.
Hablo de lo que no se dice
De El libro de la patria (1975)
Siempre fui el marimbero, el boxeador,
el titiritero, el mendigo.
Nunca supe la línea perfecta
entre la razón y la duda. Pecados cometí
en la soledad de mi sangre. Crímenes
contra la sombra, gritos sobre el aire.
Siempre fui el equilibrista
hasta que me dí de culo contra el suelo.
No pude subir a tiempo al espectáculo.
Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras
sucias, contaminadas de cantina, de sombras,
de madrugadas abandonadas en el quicio
de alguna iglesia solitaria. Siempre fui
eso que me tocaba ser: el equilibrista
temblando ante la cuerda, el domador
adentro de las fauces. Estuve en la escuela
y nunca aprendí nada, cuando no fuera
el color de las montañas, el nombre exacto
de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.
Y sigo golpeando a la piñata, los ojos vendados,
alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos.
Profeta entre los suyos
De Cántigas de escarnio (2018)
No creo que los profetas necesiten de otra tierra
para mostrar la verdad de su palabra. El poeta
es un profeta entre las cosas vivas: las calles,
las pedradas, los escupitajos de los adversarios
y la ternura viva de los amigos. Somos profetas
viviendo entre las cosas nuestras. Descendemos
por el lomo de la patria, por el corazón de lo que amamos,
por la hiel de lo que odiamos. Yo siempre vivo
entre lo mío. Lo que escogí lo quiero
por propia decisión. Lo amo porque conozco
la exacta medida de su gloria y de su oprobio.
Digo mis palabras para que las entiendan, o las amen,
pero también para que caigan sobre la piel dormida
de los otros. Somos alguna vez la voz del pueblo.
Nuestra propia voz temblando por encarnar una sílaba,
un retazo de pensamiento ajeno, la energía que salta viva
de algún músculo. Los poetas son profetas de la piedra,
del barro, de la fruta viva entre los dientes, del humillo
que se alza de las calles después de una llovizna.
Yo vivo entre mi tierra ardiendo.
Me plantaron bajo este cielo
como un árbol. Mis hojas, mis tallos, la floración
de mis palabras y el fruto final de mis esfuerzos
son para todos: amigos y adversarios, minerales o vivos.
El profeta no necesita de otra tierra: la propia
lo salva del silencio oscuro de su casa.