Alfonso Chase

COSTA RICA

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XIII

De Árbol del tiempo (1967)

De piedra en piedra y de palabra en palabra

voy construyendo puntos de partida.

No hay tiempo, sueño, cuerpo, aurora.

No he existido, tú no existes.

No ha habido mar, crepúsculo,

ciudad momificada y silenciosa

temblando en medio de las sombras,

ni fértiles paisajes abonando tus ojos y los míos.

No he venido. No he escuchado las palabras del homenaje,

ni he visto pupilas alargándose de asombro

porque había de partir.

No he existido. Nada existe.

Se despeña el silencio sobre el cuerpo,

el tuyo, el mío, nada importa,

soy sólo superficie, tú eres fondo,

orgulloso nacer de fértiles cuerpos, parpadeo

de horror en el momento en que las chicharras estallan

sobre el aire.

Nada existe, ya no existo, no he nacido.

Soy silencio derrumbado hacia el silencio,

obediencia ciega, memoria desprendida

que va y se regresa hacia el asombro.

Preparación para el olvido. Canta el agua.

Los poemas (3)

De Piélagos (2017)

Solo dos sombras

proyectadas en una sola imagen

que no se sacia de palabras,

pensamientos o murmullos.

El uno salta sobre el pecho del otro,

levanta torres

y escudriña

y se desliza como música entre el agua

y en transparentes palabras es el aire.

Nadie sabe sus nombres

y resbalan por la vida como el viento.

Un muchacho, otro muchacho.

Intercambian soledades

en el agua secreta

de sus ojos.

Hablo de lo que no se dice

De El libro de la patria (1975)

Siempre fui el marimbero, el boxeador,

el titiritero, el mendigo.

Nunca supe la línea perfecta

entre la razón y la duda. Pecados cometí

en la soledad de mi sangre. Crímenes

contra la sombra, gritos sobre el aire.

Siempre fui el equilibrista

hasta que me dí de culo contra el suelo.

No pude subir a tiempo al espectáculo.

Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras

sucias, contaminadas de cantina, de sombras,

de madrugadas abandonadas en el quicio

de alguna iglesia solitaria. Siempre fui

eso que me tocaba ser: el equilibrista

temblando ante la cuerda, el domador

adentro de las fauces. Estuve en la escuela

y nunca aprendí nada, cuando no fuera

el color de las montañas, el nombre exacto

de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.

Y sigo golpeando a la piñata, los ojos vendados,

alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos.

Profeta entre los suyos

De Cántigas de escarnio (2018)

No creo que los profetas necesiten de otra tierra

para mostrar la verdad de su palabra. El poeta

es un profeta entre las cosas vivas: las calles,

las pedradas, los escupitajos de los adversarios

y la ternura viva de los amigos. Somos profetas

viviendo entre las cosas nuestras. Descendemos

por el lomo de la patria, por el corazón de lo que amamos,

por la hiel de lo que odiamos. Yo siempre vivo

entre lo mío. Lo que escogí lo quiero

por propia decisión. Lo amo porque conozco

la exacta medida de su gloria y de su oprobio.

Digo mis palabras para que las entiendan, o las amen,

pero también para que caigan sobre la piel dormida

de los otros. Somos alguna vez la voz del pueblo.

Nuestra propia voz temblando por encarnar una sílaba,

un retazo de pensamiento ajeno, la energía que salta viva

de algún músculo. Los poetas son profetas de la piedra,

del barro, de la fruta viva entre los dientes, del humillo

que se alza de las calles después de una llovizna.

Yo vivo entre mi tierra ardiendo.

Me plantaron bajo este cielo

como un árbol. Mis hojas, mis tallos, la floración

de mis palabras y el fruto final de mis esfuerzos

son para todos: amigos y adversarios, minerales o vivos.

El profeta no necesita de otra tierra: la propia

lo salva del silencio oscuro de su casa.

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