Néstor Perlongher

ARGENTINA

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Corto pero ligero

De Alambres (1987)

(Y no habría de ser: esa chupada, ese lambeteo: cebado el mate

junto al fogón de los arrieros, que arden de...

ese descanso de la tropa alzada, en grupas: no

habría de bajarme el chiripá, descendiendo a este

encuentro. Ahora susurra el viento en la ventana

que da al aljibe: hurras blande

no desacordonarme la manea

donde tremolo temblorosa?)

Una historia de sables, de pistolas

De trincheras con flores de sapo y de zarza parrilla

Como hecha a dedo, a pecho

Echada en el camino de Tarija

Por un gendarme ríspido, montés

Trasiego, belicosa?

Belfo y flande

Congoja

Si tuviera que ver este lenguaje

con el terror de esos paisanos

que al ver al General piensan en Hoffman

Si su respiración no moviera las borlas de la cama de Rosas,

de Esmeralda

Y él no se lo encontrase, al regreso de un vado, en la catrera:

en el encame jabonoso, como un lagarto entre los lienzos

aparece con labios de obsidiana y perfume de ajenjo: huele a chipre

(Si no me hubieras dicho qué paso

en esa noche de Cañuelas, la última

- un bolero: si bien -

aún te querría?)

Un general moviendo espadas en la sombra

Cacha y espuela, blonda y nácar

Coro de férulas:

Un general que agita los pendorchos

y se entrega al de enfrente, saltando los tapiales

es más mujer que hombre, es más mujer para ser hombre.

hombre de más para mujer: un general,

un artesano de la muerte

Chupa, lame esta hinchazón del español.

El palacio del cine

De Alambres (1987)

Hay algo de nupcial en ese olor

o racimo de bolas calcinadas

por una luz que se drapea

entre las dunas de las mejillas

el lechoso cairel de las ojeras

que festonean los volados

rumbo al olor del baño, al paraíso

del olor, que pringa

las pantallas donde las cintas

indiferentes rielan

guerras marinas y nupciales.

Los escozores de la franela

sobre el zapato de pájaro pinto

can paso al anelar o pegan toques

de luna creciente o de frialdad

en el torcido respaldar

que disimila el brinco

tras un aro de fumo

y baban carreteles de goma

que dejan resbaloso el rayo

del mirador entretenido en otra cosa.

Aleve como la campanilla del lucero

el iluminador los despabila

y reparte polveras de esmirna

el el salitre de las botamangas.

y en el rouge de las gasas

que destrenzan las bocas

esparciendo un cloqueo diminuto

de pez espada atrapado en la pecera

o de manatí vuelto sirena

para reconocerlos.

Pero apenas los prende de plata

se aja el rayon y los sonámbulos

encadenan a verjas de fierro

para recuperar la sombra o el remanso

del cuerpo derramado como yedra

las palanganas de esmerilo, el caucho

que flota en la redoma

donde se peinan, tallarinesco o anguiloso, el pubis

con un cedazo de humedad.

Y el sexo de las perras

arroja tarascones lascivos

a las tibias de los que acezan

hurtarse del lamé que lame el brin

de marinero que fumando

ve mirar la pantalla

donde los ojos pasan otra cinta

y entretendido en otro lado

mezcla las patas a la ojera

carosa, que acurrucada en el follaje

folla o despoja al pájaro de nombres

en una noche americana.

Látex

De Hule (1989)

En el brilloso látex envainada

la turgencia plegando espejos riza

los vellos que descuellan

para no derramar el ronroneo

de la sal-pica-dura.

Sal pica dura!

Porque rasgando el aflojado limo

ásperas púrpura iluminas, ciegas

emanaciones sulfurosas azu-

lan el banlon calloso de la interioridad,

si al trueque de los flujos

irriga, viento de hades, el sinuoso

pachuli de embestida cenagosa, mucílagos

toman la sordidez de los murciélagos, índigas

supuraciones corren el foco de la foto,

tijereteando la película

con la canilla del descarne,

el chorro de ceniza rancia, raso

sobre la losa, rosa pálido.

Danzig

De Parque Lezama (1990)

La rutilancia de las lentejuelas

en un rimmel de tan marmóreo transparente

el rebote de los ojares

en las azulejas de pintos níveos y plumosos

esfinge nítida bajo el implacable velador

cebaba el puntilleo de las pestañas

con una fijeza de ciempiés,

sólo mucho después conoce su renguera.

Esfinge de codos revoloteantes y ampulosos, la gorguera

en la rebaba de la cervez

alabraba otros potros que los amarrados al palenque. El palio

era como intestino, porque las pompas

tapizaban en la escamación las peceras ventrales, y el dolor

de la espera, o de la sola sola noche

sollozaba contra el estaño pegajoso:

la noche del carnicero

en la lámina de la hoja el pincho

pichicho fuera de sí.

Los tatuajes de los azulejos se repetían en los antebrazos, pero los abrazos en los

anteojos los refractaba la luz de plata

que salpicaba las muñecas de la mancha rocío.

Pero la esponja del lavacopas detergía la hialinidad de los guerrero

sque se tumbaban en las puertas de aireo de ráfagas de betún

poniéndole precio (o ala) al cenicero,

aplastaban las coles en el mosaico pantanoso,

en balde,

porque la novia estaba ahogada en el bañito

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