Nancy Morejón

CUBA

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Mujer negra

De Parajes de una época (1979)

Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron

atravesar.

La noche, no puedo recordarla.

Ni el mismo océano podría recordarla.

Pero no olvido el primer alcatraz que divisé.

Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales.

Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua

ancestral.

Me dejaron aquí y aquí he vivido.

Y porque trabajé como una bestia,

aquí volví a nacer.

A cuanta epopeya mandinga intenté recurrir.

Me rebelé.

Su Merced me compró en una plaza.

Bordé la casaca de su Merced y un hijo macho le parí.

Mi hijo no tuvo nombre.

Y su Merced murió a manos de un impecable lord inglés

Anduve.

Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes.

Bogué a lo largo de todos sus ríos.

Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí.

Por casa tuve un barracón.

Yo misma traje piedras para edificarlo,

pero canté al natural compás de los pájaros nacionales.

Me sublevé.

En esta tierra toqué la sangre húmeda

y los huesos podridos de muchos otros,

traídos a ella, o no, igual que yo.

Ya nunca más imaginé el camin a Guinea.

¿Era a Guinea? ¿A Benín? ¿Era a Madagascar?

¿O a Cabo Verde?

Trabajé mucho más.

Fundé mejor mi canto milenario y mi esperanza.

Aquí construí mi mundo.

Me fui al monte.

Mi real independencia fue el palenque

y cabalgué entre las tropas de Maceo.

Sólo un siglo más tarde,

junto a mis descendientes,

desde una azul montaña,

bajé de la Sierra.

para acabar con capitales y usureros,

con generales y burgueses.

Ahora soy: sólo hoy tenemos y creamos.

Nada nos es ajeno.

Nuestra la tierra.

Nuestros el mar y el cielo.

Nuestras la magia y la quimera.

Iguales míos, aquí los veo bailar

alrededor del árbol que plantamos para el comunismo.

Su pródiga madera ya resuena.

Cuerda veloz

De Piedra pulida (1986)

Cuerda veloz desatada en el aire

ataba nuestros cuerpos como dos fríos conejos

fugitivos de cláxons y peatones

bajo el álamo verde.

La virgen en lo alto

abría los brazos y parecía llorar por nuestro anhelo.

Tú y yo

ya sin espera,

el viento

yerto de pesadumbres.

Cuántas horas aún

para miranos

y tocar la cuerda intensa

en donde derramamos nuestro beso fatal.

Tu boca lejos de la mía.

Dime, Rilke, en qué fuente,

en qué cielo,

en cuál rosa,

en qué enigma de mi niñez nació este amor

que se agita en la sombra

hacia su fiel tormenta.

Carta náutica

De Cuerda veloz (2002)

Miro las aguas todas

desde las profundidades del mar

y allí estás como en un cuarto menguante acelerado

y allí estoy sin palabras, móvil entre la espuma

que navega hasta tu corazón.

Y hacia nuestro amor avanzan

los cuatro puntos cardinales

y los restos de barcas y navíos que pudieron

sobrevivir el naufragio de un cuarto de siglo.

Seguiremos amándonos a perpetuidad.

Y alzaremos nuestras cabezas

en el oro cerrado de la arboleda muda

hasta llegar, de nuevo, al pie de los cien mares.

En la pleamar tu cuerpo y mi cuerpo.

Allá en la bajamar tu boca y mi cuerpo y tu esplendor.

En esta carta náutica no hay espacio posible para ellos.

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