Fernando Molano Vargas

COLOMBIA

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Con estos deseos de verte

De Todas mis cosas en tus bolsillos (1997)

Ese bus que va para tu barrio

las monedas que no tengo en mi bolsillo

por consiguiente

las calles que hoy no caminaremos

los besos que no te daré entretanto

—la vida en sí

en cada miseria.

V.I.H.

De Todas mis cosas en tus bolsillos (1997)

Soy joven y estoy aún,

digamos,

en ese tiempo inverosímil

que para mis mayores ha huido

tan de prisa.

En mí el deseo

se encabrita a cada instante

de cada noche y de cada día,

y bien podría ser recompensado

sin dar, por otra parte, mucho.

Así, no tengo por qué pedir la fuerza

y el coraje: yo los tengo simplemente

y sigo —sin proponérmelo siquiera

echando cosas en el talego de mis sueños.

Aún conservo —no sé explicar cómo

una pizca de esperanza

suficiente

para creer que serán mejores las cosas

—no las mías: las cosas llanamente

e intento,

aunque no puedo evitarlo a veces,

no ser cruel.

Pero hacía mí la muerte se apresura.

En verdad, hace años la tengo

pegada a mis talones,

soplándome su vaho en los carrillos.

Manos arriba contra la pared,

apretados los muslos y los ojos,

ella me tiene;

y aguardo, solo, a que por fin me aseste

su triste golpe.

¿Qué espera, pues, la muerte?

¿Qué pretende conmigo esta señora

solo rozando mi cuerpo

sus tiernos velos

sin abrazarme?,

mientras mi espalda bulle

y me excita

la vida,

y el amor,

y el deseo:

los muchachos,

el fresco aroma

en sus axilas…

Petición

De Todas mis cosas en tus bolsillos (1997)

Si ustedes lo permiten, yo quisiera declarar que he cruzado por la vida. Y aún me queda.

A veces temo que los hombres seamos solo una raza de náufragos perversos, y no exista en la isla el verdadero amor, como no sea el propio (o el de dos, a lo sumo).

Aún así, a mí la vida me seduce, y siempre aguardo a que en cualquier esquina me asalte la bondad de algún extraño.

De mi fragilidad ya ha sacado su provecho este mundo en que he nacido: no creo amarlo mucho. Pero adoro sus utopías, en especial las que han muerto, y no he dejado de soñar el día en que triunfe alguna revolución de hombres buenos, y pudiera en ella sentirme a gusto, a un cuando nadie me ame y yo esté solo.

Pero ocurre que ya me deja el tiempo, como a un pasajero olvidado en esta pobre estación que es mi casa y mi país. Y quisiera, al fin y al cabo, si ustedes lo permiten, preguntar: ¿No sería posible, en lo que queda, sin que hacia afuera me sigan empujando, ocupar un lugar en el recinto?

—Bien: puede ya reír el auditorio.

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