Elías Nandino

MÉXICO

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Poema en tu cuerpo

De Río de sombra (1935)

¿Por qué no soy yo tu cuerpo

sobre mi cuerpo desnudo

para abrazarme a mi tronco

y sentir que soy yo mismo

ascendiendo por mis muslos?

¿Por qué no soy yo tus ojos

para mirarme los míos

y decirme con miradas

lo que al mirarte te digo?

¿Por qué no soy yo tu boca

para besarme en el fuego

que se despierta en mis labios,

y al besarme desde ti

sentir la verdad del beso?

¡ Por qué no soy yo tus manos

para jugar con las mías

haciendo idilio de tactos

y sentir que me acaricio

con tus yemas encendidas?

¿Por qué no soy yo tu vida

para sentir lo que siento

desde tu propia existencia

y sufrir en tu cerebro

mi dolor del pensamiento?

Quisiera ser vaso y vino,

las raices y las ramas,

la ribera y la corriente,

la campana y el sonido,

el combustible y la llama.

Sigue durmiendo sin verme

que yo, despierto, a tu lado,

vuelo al vuelo de tu sueño,

y estoy tan cerca de ti

que respiro por tu cuerpo.

El mismo amor

De Poesía II (1948)

A J.G.M.

Amor, desnudo amor que haces regreso

en otro cuerpo de distinto aroma,

pero siempre el amor, amor eterno,

adolescente amor, inmadurable.

Reconozco en la luz de tus locuras

los mismos astros, la ternura misma,

el ave tierna de imbesados labios,

y vuelvo a comenzar lo inacabado...

Otro nombre y el alba de otra risa;

otras manos de tacto diferente,

otro bosque de frutos imprevistos;

pero dentro de mí fiera indomable;

el mismo amor que florecí hace siglos,

el mismo amor, enamorado siempre.

Mi ramaje de invierno se estremece

al sufrir tu presencia inesperada,

y sin saber por qué, se primavera

el cauce muerto de mi muerta sangre.

Soy de nuevo el de ayer, ascua creciente

en esta llaga esperanzado polvo,

que se aviva de nuevo con tu clima

y florece en tu tallo, su ternura.

Amor, desnudo amor que yo creía

muerto en la fiebre de mi vida trunca,

el mismo amor con que aprendí a morirme

en cada espera de insoladas ansias:

el amor de mi amor nunca extinguido,

el siempre adolescente amor ¡tan mío!

que vuelve a renacer en mis ocasos.

El amor de mi amor, naciendo siempre,

que se anida en el grito de tu sangre

para vivir su última caída.

Si hubieras sido tú

De Nocturna palabra (1960)

A Xavier Villaurrutia

Si hubieras sido tú, lo que en las sombras, anoche,

bajó por la escalera del silencio

y se posó a mi lado,

para iniciar el cauce de acentos en vacío

que, me imagino, será el lenguaje de los muertos.

Si hubieras sido tú, de verdad, la nube sola

que detuvo su viaje debajo de mis párpados

y se adentró en mi sangre,

amoldándose a mi dolor reciente

de una manera leve, brisa, aroma,

casi contacto angelical soñado...

Si hubieras sido tú,

lo que apartando la quietud oscura

se apareció, tal como si fuera tu dibujo

espiritual, que ansiaba convencerme

de que sigues, sin cuerpo, viviendo en la otra vida.

Si hubieras sido tú la voz callada

que se infiltró en la voz de mi conciencia,

buscando incorporarte en la palabra

que tu muerte expresaba con mis labios.

Si hubieras sido tú, lo que al dormirse

descendió como bruma, poco a poco,

y me fue encarcelando

en una vaga túnica de vuelo fallecido...

Si hubieras sido tú la llama

que inquemante creó, sin despertarme

ni conmover el lago del azoro:

tu inmaterial presencia,

igual que en el espejo emerge

la imagen, sin herirle

el límpido frescor de su epidermis.

Si hubieras sido tú...

Pero nuestros sentidos corporales

no pueden identificar la ánimas.

Los muertos, cuando vuelven,

tal vez ya no posean

los peculiares rasgos

que nos pudieron dar

la inmensa dicha de reconocerlos.

¿Quién más pudo venir a visitarme?

Recuerdo que, contigo solamente,

platicaba del amoroso asedio

con que la muerte sigue a nuestra vida.

Y hablábamos los dos adivinando,

haciendo conjeturas,

ajustando preguntas, inevitando respuestas,

para quedar al fin

sumidos en derrota,

muriendo en vida por pensar la muerte.

Ahora tú ya sabes descifrar el misterio

porque estás en su seno, pero yo...

En esta incertidumbre secretamente pienso

que si no fuiste tú, lo que en las sombras, anoche,

bajó por la escalera del silencio

y se posó a mi lado,

entonces quizá fue

una visita de mi propia muerte.

No pude

De Eco (1982)

No pude contar el tiempo,

un tiempo que fue de paso,

con el tórax oprimido

por tus brazos.

No pude medir la fuerza

con que oprimiste mi cuerpo,

esa fuerza libertada

del tiempo.

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