Carlos Pellicer
MÉXICO
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Fecha de nacimiento
16 de enero de 1897
Ciudad de nacimiento
Villahermosa
Fecha de defunción
16 de febrero de 1977
Ciudad de defunción
Ciudad de México
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La retórica homoerótica en dos poemarios de Carlos Pellicer
Gerardo Bustamante Bermúdez
Jesús Eduardo García Castillo
León Guillermo Gutiérrez
Horas de junio
De Hora de junio (1937)
Amor así, tan cerca de la vida,
amor así, tan cerca de la muerte.
Junto a la estrella de la buena suerte
la luna nueva anuncíate la herida.
En un cielo de junio la escondida
noche te hace temblar pálido y fuerte;
el abismo creció por conocerte
robando al riesgo su sorpresa henchida.
Hiéreme así, dejándome en la herida
la sangre que no cuaja ni la muerte
—la llaga con la sangre de la vida—.
Ya estás herido por mi propia suerte
y somos la catástrofe emprendida
con todo nuestro ser desnudo y fuerte.
***
Éramos la materia de los cielos
que en círculos inútiles perece
sin dar al fuego cósmico que crece
sino apenas el ritmo de sus vuelos.
Energía de idénticos anhelos
que aleja y avecina y que los mece,
juntó en choque de fuerzas luz que acrece
la sombra en tierra de sus hondos cielos.
Y buscándose en ambos nuestra suerte
fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte
que al fin su espacio halló propio y profundo.
Salgo de ti y estoy en tu tristeza,
sales de mí y estás en tu belleza.
Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.
***
Eso que no se dice ni se canta
es sólo un nombre, acaso es un suspiro?
En la sangre celeste de un zafiro
tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.
En qué número numen, qué garganta,
qué secreto feliz, a cuál retiro
donde sólo el suspiro de un suspiro
pase, te he de esconder, ventura tanta?
Si estas manos vacías ya están llenas
al pensar en tu ser—lecho de arenas
con que las aguas doran su camino—,
donde ponerlas, manos asombradas
de mostrarse desnudas al destino
y levantar al cielo llamaradas.
II
De Recinto y otras imágenes (1941)
Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
Esa puerta por donde
la cal azul de los pilares entra
a mirar como niños maliciosos
la timidez de nuestras dos caricias
que no se dan porque la puerta, abierta...
Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
callar en buena lid...
Pero en la noche
la puerta se echa encima de sí misma
y cierra tan ciega y claramente,
que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto
escogiendo caricias como joyas
ocultas en las noches con jardines
puestos en las rodillas de los montes,
pero solos, tú y yo.
La mórbida penumbra
enlaza nuestros cuerpos y saquea
mi ternura tesoro,
la fuerza de mis brazos que te agobian
tan dulcemente, el gran beso insaciable
que se bebe a sí mismo
y en su espacio redime
lo pequeño de ilímites distancias...
Dichosa puerta que nos acompañas,
cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
es la liberación destas dos cárceles;
la escapatoria de las dos pisadas
idénticas que saltan a la nube
de la que se regresa en la mañana.
XVIII
De Recinto y otras imágenes (1941)
¿Dónde pondré el oído que no escuche
mi propia voz llamarte?
¿Y dónde no escuchar este silencio
que te aleja espaciosamente triste?
Yo camino las horas presenciadas
por los dos, en nosotros.
Sé del fruto maduro de las voces
en campos de septiembre.
Sé de la noche esbelta y tan desnuda
que nuestros cuerpos eran uno solo.
Sé del silencio ante la gente oscura,
de callar este amor que es de otro modo.
Mientras llueve la ausencia yo liberto
la esclavitud de carne y sola el alma
cuelga en los aires su águila amorosa
que las nubes pacíficas igualan.
Dicha anónima
De Reincidencias (1978)
Nos entregamos a la misma tierra
humedecida por nosotros mismos.
Es la materia espiritual que encuentra
toda la libertad de su diamante.
Somos parte del cuerpo que nos da
sus plantas caminantes y sus cielos,
el lago en que se mira nuestra sombra
y la riqueza de la soledad.
Vendrás mañana y nos encontraremos
con voces nunca oídas,
con las señales permanentes
de nuestro amor al mundo de nosotros.
Ni una sola palabra nos dijimos;
creció la planta sin espinas.
Una flor invisible está en nosotros.
Es nuestro el cielo-tierra.
Somos la misma tierra iluminada
con la intención de nuestra propia tierra.
Perdimos nuestros nombres
en una dicha anónima.