Carlos Pellicer

MÉXICO

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Horas de junio

De Hora de junio (1937)

Amor así, tan cerca de la vida,

amor así, tan cerca de la muerte.

Junto a la estrella de la buena suerte

la luna nueva anuncíate la herida.

En un cielo de junio la escondida

noche te hace temblar pálido y fuerte;

el abismo creció por conocerte

robando al riesgo su sorpresa henchida.

Hiéreme así, dejándome en la herida

la sangre que no cuaja ni la muerte

—la llaga con la sangre de la vida—.

Ya estás herido por mi propia suerte

y somos la catástrofe emprendida

con todo nuestro ser desnudo y fuerte.

***

Éramos la materia de los cielos

que en círculos inútiles perece

sin dar al fuego cósmico que crece

sino apenas el ritmo de sus vuelos.

Energía de idénticos anhelos

que aleja y avecina y que los mece,

juntó en choque de fuerzas luz que acrece

la sombra en tierra de sus hondos cielos.

Y buscándose en ambos nuestra suerte

fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte

que al fin su espacio halló propio y profundo.

Salgo de ti y estoy en tu tristeza,

sales de mí y estás en tu belleza.

Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.

***

Eso que no se dice ni se canta

es sólo un nombre, acaso es un suspiro?

En la sangre celeste de un zafiro

tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.

En qué número numen, qué garganta,

qué secreto feliz, a cuál retiro

donde sólo el suspiro de un suspiro

pase, te he de esconder, ventura tanta?

Si estas manos vacías ya están llenas

al pensar en tu ser—lecho de arenas

con que las aguas doran su camino—,

donde ponerlas, manos asombradas

de mostrarse desnudas al destino

y levantar al cielo llamaradas.

II

De Recinto y otras imágenes (1941)

Que se cierre esa puerta

que no me deja estar a solas con tus besos.

Que se cierre esa puerta

por donde campos, sol y rosas quieren vernos.

Esa puerta por donde

la cal azul de los pilares entra

a mirar como niños maliciosos

la timidez de nuestras dos caricias

que no se dan porque la puerta, abierta...

Por razones serenas

pasamos largo tiempo a puerta abierta.

Y arriesgado es besarse

y oprimirse las manos, ni siquiera

callar en buena lid...

Pero en la noche

la puerta se echa encima de sí misma

y cierra tan ciega y claramente,

que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto

escogiendo caricias como joyas

ocultas en las noches con jardines

puestos en las rodillas de los montes,

pero solos, tú y yo.

La mórbida penumbra

enlaza nuestros cuerpos y saquea

mi ternura tesoro,

la fuerza de mis brazos que te agobian

tan dulcemente, el gran beso insaciable

que se bebe a sí mismo

y en su espacio redime

lo pequeño de ilímites distancias...

Dichosa puerta que nos acompañas,

cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción

es la liberación destas dos cárceles;

la escapatoria de las dos pisadas

idénticas que saltan a la nube

de la que se regresa en la mañana.

XVIII

De Recinto y otras imágenes (1941)

¿Dónde pondré el oído que no escuche

mi propia voz llamarte?

¿Y dónde no escuchar este silencio

que te aleja espaciosamente triste?

Yo camino las horas presenciadas

por los dos, en nosotros.

Sé del fruto maduro de las voces

en campos de septiembre.

Sé de la noche esbelta y tan desnuda

que nuestros cuerpos eran uno solo.

Sé del silencio ante la gente oscura,

de callar este amor que es de otro modo.

Mientras llueve la ausencia yo liberto

la esclavitud de carne y sola el alma

cuelga en los aires su águila amorosa

que las nubes pacíficas igualan.

Dicha anónima

De Reincidencias (1978)

Nos entregamos a la misma tierra

humedecida por nosotros mismos.

Es la materia espiritual que encuentra

toda la libertad de su diamante.

Somos parte del cuerpo que nos da

sus plantas caminantes y sus cielos,

el lago en que se mira nuestra sombra

y la riqueza de la soledad.

Vendrás mañana y nos encontraremos

con voces nunca oídas,

con las señales permanentes

de nuestro amor al mundo de nosotros.

Ni una sola palabra nos dijimos;

creció la planta sin espinas.

Una flor invisible está en nosotros.

Es nuestro el cielo-tierra.

Somos la misma tierra iluminada

con la intención de nuestra propia tierra.

Perdimos nuestros nombres

en una dicha anónima.

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