Armando Rojas Guardia
VENEZUELA
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Fecha de nacimiento
8 de septiembre de 1949
Ciudad de nacimiento
Caracas
Fecha de defunción
9 de julio de 2020
Ciudad de defunción
Caracas
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Poema de la llegada
De Del mismo amor ardiendo (1979)
Cuando tú vienes,
tú el vacío el nada el ya,
el que yo no sé su nombre,
ni interesa,
cuando tú vienes
me siento perder voz,
me seco de palabras,
sueno
simplemente
como tú,
sin queja sin golpe
sin crujidos,
sueno
como tú.
Cuando tú vienes
tengo prisa por decir,
por llamarte de algún modo,
por nombrarme
a mí también
para al fin reconocerme
en tu presencia
me abalanzo precipito
sacudo la quietud
mancho lo limpio
todo es tan vacío tan gota
inaprensible,
tan exactamente nada,
tan silencio.
Cuando tú vienes
abro ensancho acojo,
me dilato,
no sé decir, sino que abro
inútiles clausuras.
Tú en el canto,
tú el silbo el suave el que no pesas
vuelves hilos levísimos
mis nudos,
me desatas.
Cuando tú vienes
nada dice
y me dices.
Nada pides.
Qué vas a ser tú el Implacable,
el Exterminador, el Enemigo.
Nada pides,
eres.
Solo oigo cómo eres,
solo oigo cómo soy
y quiero
ser
así eso que escucho,
me abandono.
Cuando tú vienes
hay
una exacta coincidencia,
te miro en lo profundo
de aquello que deseo,
qué mentira,
qué imposible,
qué estúpido
querer lo que no quieres
querer lo que no quiero.
Y entonces
ya no es sino la paz,
la precisa ubicación,
el ser
escueto.
Cuando tú vienes
no has venido,
estás ya desde siempre.
Beato de ti
De Yo que supe de la vieja herida (1985)
Titilaban las llamas de las velas,
velas prendidas a un Dios inexistente
en la penumbra olorosa del incienso.
Había entrado buscando aquel sosiego
que pudiera parecérsete, aquella levitación,
casi galáctica,
que fuiste capaz de soplar sobre mi cuerpo
la otra noche, amaneciendo.
Un cortejo de estatuas —los santos de mi infancia—
tutelaba mi devoción atea de esa hora
(yo no pensaba en Dios, te deseaba,
y en la iglesia vacía, mi deseo
blasfemaba de tanta pasión por lo imposible
que aún erige sagrarios, quema velas,
esculpe miradas de éxtasis y pinta
retablos de ángeles rosados.
Yo solo creía en ti, zarpa florida
de una carne exactísima y concreta).
Caminando a grandes pasos, recordaba
—allí, sobre las baldosas de las naves—.
al Baudelaire que me dibujó en la piel
bautizada en mañanas de colegio
gatos tibios capaces de orinar confesionarios,
al Zaratustra en quien mis dieciocho supuraron
su sífilis de orgullo —la más sacra, sin embargo, y regia—,
a los bares donde todo poeta de mi edad
acudió a pedirle a Rimbaud que autografiara
el lugar común de la desdicha
contra las serpentinas del acto cultural,
la tenaz misa de diez,
tanto pupitre masturbado a solas.
Pero al cabo me decía también
que tú eres aún más imposible que ese Dios impúdico
contando indiferente las llamas que lo invocan.
Y supe entonces que el poema
tendría a mi pesar el mismo olor de esa penumbra,
idéntico aire de tarde endomingada,
color de lágrima de cuenta de rosario.
Beato de ti, supe que a fuerza de alejarte
me vas dejando como a ese feligrés arrodillado
a quien la fe se le va volviendo ya cansancio erguido
de no recibir nunca, pero de seguir pidiendo.
Me vas dejando una piedad de viuda en luto,
crédula ante cada hojita parroquial (tus lecciones
de buen sentido, de paciencia),
repleta de ritos humillantes (¡y los aceptas, hostia amarga!),
de calladas procesiones en busca de tus pasos,
cuando no sé quién? va ante mí en la urna de cristal,
si el Santo Sepulcro que eres tú asediado por mi añoranza inoportuna,
o este amor mío morado y genuflexo
del que ellos, mis amigos,
librepensadores del amor, ateos de estas siniestras devociones,
se reirían, si supieran,
como yo me río ahora de este templo
pero rabiando porque has convertido a Baudelaire,
hospitalizado a Zaratustra,
hecho besar a Rimbaud el anillo obispal de la obediencia,
y ya no me queda otra vez sino masturbarme a solas
mientras me persigno ante tu imagen.
Cavafiana
De Yo que supe de la vieja herida (1985)
como hipnotizado aún por el placer prohibido, el placer
tan prohibido que acaba de obtener.
Constantino Cavafis
Recuerdo las torpezas del comienzo,
el olor de los baños,
la terca timidez de los paseos
buscando casi a tientas
una mirada cómplice, unos ojos
más intensos que mi culpa,
luego la temblorosa invitación
junto a un café, que sabe
dulce y atroz como el pecado,
hasta llegar al lujo de los cuerpos
en la clandestinidad de aquel hotel.
Por fin la despedida,
tal vez un intercambio de teléfonos
mientras la ciudad se despereza
y la piel conserva todavía
los olores que la ducha borrará.
Ahora que no necesito mentir
encuentros deletéreos,
porque el amor ya no requiere
de baratos hoteles ni urinarios,
ratifico, sin embargo,
la subversión de aquel inicio,
la ilegalidad de las caricias complotando
contra la burocracia del placer.
Saludo, como entonces,
al asombro pagano del deseo.
Busco la canción
De Patria y otros poemas (2008)
Para Alberto Comte in memoriam
Busco la canción, el canto llano
que entreteja, global, estas mis lágrimas,
una fértil mudez, la mansedumbre
de susurrar que sí, pasito,
la llaga de alguna humillación,
el limpio olvido, la dulce cicatriz,
el esplendor abrasante de los cuerpos
disuelto a solas por la ducha,
tus manos de Aquiles, resignadas,
junto a la carne de Patroclo,
esta torpeza probable de ignorar
cuándo callaste el frío, dónde el hambre,
por qué fue brusco el cielo de ese abril
sobre la tumba incómoda, sin flores.
Busco la mínima canción
la última en saber, la despedida.