Armando Rojas Guardia

VENEZUELA

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Poema de la llegada

De Del mismo amor ardiendo (1979)

Cuando tú vienes,

tú el vacío el nada el ya,

el que yo no sé su nombre,

ni interesa,

cuando tú vienes

me siento perder voz,

me seco de palabras,

sueno

simplemente

como tú,

sin queja sin golpe

sin crujidos,

sueno

como tú.

Cuando tú vienes

tengo prisa por decir,

por llamarte de algún modo,

por nombrarme

a mí también

para al fin reconocerme

en tu presencia

me abalanzo precipito

sacudo la quietud

mancho lo limpio

todo es tan vacío tan gota

inaprensible,

tan exactamente nada,

tan silencio.

Cuando tú vienes

abro ensancho acojo,

me dilato,

no sé decir, sino que abro

inútiles clausuras.

Tú en el canto,

tú el silbo el suave el que no pesas

vuelves hilos levísimos

mis nudos,

me desatas.

Cuando tú vienes

nada dice

y me dices.

Nada pides.

Qué vas a ser tú el Implacable,

el Exterminador, el Enemigo.

Nada pides,

eres.

Solo oigo cómo eres,

solo oigo cómo soy

y quiero

ser

así eso que escucho,

me abandono.

Cuando tú vienes

hay

una exacta coincidencia,

te miro en lo profundo

de aquello que deseo,

qué mentira,

qué imposible,

qué estúpido

querer lo que no quieres

querer lo que no quiero.

Y entonces

ya no es sino la paz,

la precisa ubicación,

el ser

escueto.

Cuando tú vienes

no has venido,

estás ya desde siempre.

Beato de ti

De Yo que supe de la vieja herida (1985)

Titilaban las llamas de las velas,

velas prendidas a un Dios inexistente

en la penumbra olorosa del incienso.

Había entrado buscando aquel sosiego

que pudiera parecérsete, aquella levitación,

casi galáctica,

que fuiste capaz de soplar sobre mi cuerpo

la otra noche, amaneciendo.

Un cortejo de estatuas —los santos de mi infancia—

tutelaba mi devoción atea de esa hora

(yo no pensaba en Dios, te deseaba,

y en la iglesia vacía, mi deseo

blasfemaba de tanta pasión por lo imposible

que aún erige sagrarios, quema velas,

esculpe miradas de éxtasis y pinta

retablos de ángeles rosados.

Yo solo creía en ti, zarpa florida

de una carne exactísima y concreta).

Caminando a grandes pasos, recordaba

—allí, sobre las baldosas de las naves—.

al Baudelaire que me dibujó en la piel

bautizada en mañanas de colegio

gatos tibios capaces de orinar confesionarios,

al Zaratustra en quien mis dieciocho supuraron

su sífilis de orgullo —la más sacra, sin embargo, y regia—,

a los bares donde todo poeta de mi edad

acudió a pedirle a Rimbaud que autografiara

el lugar común de la desdicha

contra las serpentinas del acto cultural,

la tenaz misa de diez,

tanto pupitre masturbado a solas.

Pero al cabo me decía también

que tú eres aún más imposible que ese Dios impúdico

contando indiferente las llamas que lo invocan.

Y supe entonces que el poema

tendría a mi pesar el mismo olor de esa penumbra,

idéntico aire de tarde endomingada,

color de lágrima de cuenta de rosario.

Beato de ti, supe que a fuerza de alejarte

me vas dejando como a ese feligrés arrodillado

a quien la fe se le va volviendo ya cansancio erguido

de no recibir nunca, pero de seguir pidiendo.

Me vas dejando una piedad de viuda en luto,

crédula ante cada hojita parroquial (tus lecciones

de buen sentido, de paciencia),

repleta de ritos humillantes (¡y los aceptas, hostia amarga!),

de calladas procesiones en busca de tus pasos,

cuando no sé quién? va ante mí en la urna de cristal,

si el Santo Sepulcro que eres tú asediado por mi añoranza inoportuna,

o este amor mío morado y genuflexo

del que ellos, mis amigos,

librepensadores del amor, ateos de estas siniestras devociones,

se reirían, si supieran,

como yo me río ahora de este templo

pero rabiando porque has convertido a Baudelaire,

hospitalizado a Zaratustra,

hecho besar a Rimbaud el anillo obispal de la obediencia,

y ya no me queda otra vez sino masturbarme a solas

mientras me persigno ante tu imagen.

Cavafiana

De Yo que supe de la vieja herida (1985)

como hipnotizado aún por el placer prohibido, el placer

tan prohibido que acaba de obtener.

Constantino Cavafis

Recuerdo las torpezas del comienzo,

el olor de los baños,

la terca timidez de los paseos

buscando casi a tientas

una mirada cómplice, unos ojos

más intensos que mi culpa,

luego la temblorosa invitación

junto a un café, que sabe

dulce y atroz como el pecado,

hasta llegar al lujo de los cuerpos

en la clandestinidad de aquel hotel.

Por fin la despedida,

tal vez un intercambio de teléfonos

mientras la ciudad se despereza

y la piel conserva todavía

los olores que la ducha borrará.

Ahora que no necesito mentir

encuentros deletéreos,

porque el amor ya no requiere

de baratos hoteles ni urinarios,

ratifico, sin embargo,

la subversión de aquel inicio,

la ilegalidad de las caricias complotando

contra la burocracia del placer.

Saludo, como entonces,

al asombro pagano del deseo.

Busco la canción

De Patria y otros poemas (2008)

Para Alberto Comte in memoriam

Busco la canción, el canto llano

que entreteja, global, estas mis lágrimas,

una fértil mudez, la mansedumbre

de susurrar que sí, pasito,

la llaga de alguna humillación,

el limpio olvido, la dulce cicatriz,

el esplendor abrasante de los cuerpos

disuelto a solas por la ducha,

tus manos de Aquiles, resignadas,

junto a la carne de Patroclo,

esta torpeza probable de ignorar

cuándo callaste el frío, dónde el hambre,

por qué fue brusco el cielo de ese abril

sobre la tumba incómoda, sin flores.

Busco la mínima canción

la última en saber, la despedida.

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